Rellion se arrebujó en su capa y se caló la capucha para protegerse de la lluvia y de la húmeda y densa niebla. Odiaba este tipo de misiones. Patrullar en el Páramo era una cosa. Los sombríos bosques y los infectos pantanos no eran un lugar agradable, pero le gustaba dormir bajo un techo de estrellas y, en ocasiones, los aldeanos se mostraban hospitalarios y él y sus hermanos podían disfrutar de una comida caliente. De hecho, cuando la suerte era especialmente propicia, algunos de ellos habían disfrutado también de la "hospitalidad" de las hijas de los aldeanos. Sin embargo las incursiones en las ciudades eran otra cosa. En ellas eran no sólo les acechaban los hyrkarianos que sobrevieron a la Caída, si no también horrores más oscuros y antiguos, reptando por las ruinas de lo que antaño fue un gran inperio.
Quedaban lejos sus días como ladrón en la República de Kaising. Si le preguntaran, ni siquiera podría explicar con certeza como acabó en la Hermandad de los Errantes. La mayoría de sus hermanos estaban en una situación parecida. Algunos eran antiguos peregrinos, con una fe verdadera, que en lugar de aceptar una parcela en el Páramo habían preferido una espada. Otros eran mercenarios y guerreros de avanzada edad que buscaban expiar una vida de muerte y matanza sirviendo al Hacedor con sus últimos años de vida. También los había que habían cometido terribles crímenes y esperaban ocultarse de las autoridades ingresando en los Errantes. En cualquiera de los casos, la mayoría de ellos preferiría estar en cualquier otro lugar en esos momentos.
El primus Leopold le hizo una seña. Rellion observó la luz de una hoguera en el interior de uno de los edificios y empezó a moverse. Varios de sus hermanos apuntaron a las ventanas con sus arcos, mientras él y Leopold desenfundaron sus espadas cortas. Se aproximaron en absoluto silencio, amparados por la oscuridad de la noche. Al asomare por el marco de las puerta vieron a varios hyrkarianos durmiendo en torno a la hoguera , mientras uno de ellos hacia la guardia, más dormido que despierto. Vestían los andrajosos uniformes del antiguo imperio, los cuales pasan de padres a hijos. Los colores originales de esas prendas estaban tan desgastados que eran imposibles de reconocer.
El guardia pareció espabilarse por un momento, sacudió la cabeza y se aproximó a la ventana para que el viento nocturno terminara de despertarle. Lo que recibió en su lugar fue una flecha en la garganta.
Era el momento. Antes de que el resto despertaran, Leopold y él entraron en la habitación y en apenas unos segundos los malolientes hyrkarianos habían muerto sin llegar a despertarse.
Leopold limpió la sangre de su espada:
"Loado sea Jainus"-le dijo a Rellion-"Nos ha costado dos semanas dar caza a estos saqueadores, pero finalmente les hemos atrapado. Empieza a registrar los cadáveres."
Rellion comenzó a examinar las deterioradas armas de los muertos para ver cuales podían ser útiles todavía. De pronto un rugido gutural resonó en los subterráneos de la ciudad. Rellion palideció y observó como Teobald desenfundaba de forma instintiva. Rellion hizo lo mismo y esperó las órdenes del Primus.
Ambos salieron corriendo del edificio, hacia el lugar en el que tenían los caballos. El resto de sus hermanos se sumaron a ellos, sigilosos como sombras. Una vez montaron en los caballos cabalgaron a toda velocidad fuera de las ruinas. Fuera de las antigua ciudad, Leopold pasó revista. A nadie le extrañó que Estephen hubiera desaparecido. Una víctima más de una larga lista. Y Rellion no pudo evitar pensar de nuevo que preferiría estar en cualquier otro lugar.
Leopold, Primus de los Errantes |
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